martes, 1 de septiembre de 2009

La mañana de Alicia.


Alicia tomó su bolso, azul estaba el cielo en la mañana. Tenía que ir a darles clases a los niños de tercer grado de primaria en la escuela Miguel Hidalgo. Hacía mucho viento, las hojas caidas de los árboles, se levantaban con el viento hasta llegar a saltar las bardas de las casas del pueblo.
Cogió la lista pasando asistencia uno a uno de sus 39 alumnos, ninguno de ellos había contestado. Entonces Alicia recordó que era domingo y regresó con una mueca de sonrisa a su casa dos calles abajo. Caminaba por la calle a paso lento, en la cara chusca, había pecas y rasgos de enojo coqueto, residuos de la frustración divertida de la mañana.
Dió vuelta en la esquina y tres casas adelante entró por la puertecita amarillenta de su casa. En la sala, la gente se amontonaba en grupos, otras estaban sentadas. Había poca luz, parecía de madrugada. Aunque había murmullos, el silencio a ratos se adueñaba, tapizándose luego con largos suspiros o una queja lastimera salida desde el fondo de la casa sin rincón preciso.
Alicia estaba sorprendida, no hacía mucho había partido hacia el colegio, y al salir no había mas alma que su familia en casa, ¿cuánto tiempo había salido?
Trataba de ordenar sus pensamientos, cuando vio pasar a una anciana con una jarra de café vaporoso, y vio detenidamente los rostros en los que reconoció a familiares y amigos. Caminó despacio, con el paso rígido y precavido hacia la cocina, dentro estaba su madre, recargada contra la mesita rectangular. La hermana de Alicia sostenía su cuerpo que parecía doblarse como en un florero una flor casi muerta. La peor de las ideas la sorprendió, en cada uno de sus músculos, una hormiga hizo guarida y la devoró. Sostuvo un poco de aire y corrió hacia la salita, donde se hallaba sobre la mesa del comedor, una caja negra, enorme, que había pasado de largo en su primera inspección. En cada esquina, encendido un cirio pascual, en las esquinas, flores como nubes a punto de disipar.
Un cristo plateado se alzaba en la cabecera, silencioso y brillante, casi en movimiento por la flama que danzaba en el reflejo, Alicia se había encaminado muy despacio para mirar el interior, las rodillas chocaban entre si, y en el rostro pálido un par de lagrimones se dejaban resbalar por el abismo entre el suelo y su barbilla que temblaba también. Al estar frente al cristal los ojos desencajados se querían salir, era una expresión de la locura en la duplicación, un grito agudo como de hierros la desplomó contra el cristal, haciendo pedazos el vidrio que en pequeños cuchillitos la cara le cortó, un caballo corría desbocado en su pecho a punto de reventar.
El grito al unísono de los asistentes hizo correr con urgencia a la madre de Alicia hacia el ataud, permanecía la gente contra la pared, horrorizada y a punto de desmayar o echar a correr, las viejas vueltas al muro, apretaban el rosario intentando rezar.
Alicia incorporada hasta la mitad del cuerpo sentado dentro la caja, extendió los brazos hacia los de su madre que acudieron frenéticos en busca de los que creyeron dormidos, lloró unos minutos que segundos parecieron ante las miradas atónitas, y ya en calma, separóse de su madre que la miró confundida, luego una sonrisa franca adelgazando la expresión de sus ojos enrojecidos, y después, sus palabras
"madre, no creerias lo que esta mañana  viví".
marzo de 1998

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